Kento Brisa de fuego – PARTE III – En Tierra de Dragones

Triada de relatos cortos KENTO BRISA DE FUEGO

PARTE I – LA ÚLTIMA ENSEÑANZA

PARTE II – EL PROPÓSITO

PARTE III – EN TIERRA DE DRAGONES.

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                Lien Yue metió los últimos leños de madera mientras el humo seguía ahogando su respiración con cada bocanada. Debía mantener el fuego encendido hasta que Xiao Fo volviera con la caja de pertenencias que debían quemar. La ropa sucia se acumulaba en sus habitaciones así que debían darse prisa en acabar la tarea o tendrían que esperar a que todos sus hermanos terminasen de lavar sus túnicas.

  • ¡Date prisa Fo! – apremió Lien Yue – el fuego ya está listo desde hace rato.

El pequeño esquivó hábilmente un par de rocas que le entorpecían el camino y sorteó la baldosa en la que ya se había tropezado más de una vez. Al llegar junto a su amigo, dejó caer de golpe la caja para estirar al fin la espalda.

– La próxima vez cargas tú y enciendo yo, que luego estamos saltando en el entrenamiento y voy lento por el dolor- le advirtió Xiao Fo.

Lien Yue asintió con la cabeza en silencio mientras miraba fijamente el nombre escrito en el lateral del paquete “Kento. Estudiante”. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Había pasado ya más de un año desde la muerte del gran maestro Shi Huo Fang, y ahora les habían encargado quemar los objetos que portaba consigo cuando llegó al templo. Kento era el nombre que sus padres le dieron, y el cuál usó hasta que fue nombrado discípulo por el Abad.

Los dos pequeños aprendices abrieron lentamente la caja y comenzaron a sacar toda una colección de objetos que de tantos años guardados se sentían más unidos al cartón que al humano que allí los abandonó a su suerte. Un mapa, un cordel, cerillas, una cantimplora, un cepillo de dientes, una pastilla de jabón… no paraban de alinear una cosa tras otra en aquel polvoriento suelo sin prestar mucha atención, simplemente con la esperanza de encontrar algo que allí escondido esperaba ser descubierto. Un viejo reloj, un pañuelo de lino, una billetera, un viejo diccionario con algunas páginas dobladas por las esquinas… todo parecía cotidiano y olvidado hasta que Lien Yue se percató de que algo sobresalía más allá del encuadernado rojo de cartón. Había un par de hojas que destacaban por su longitud y color ocre con respecto a las del propio libro. Tiró de ellas y un pequeño pliego de papel de arroz se desprendió del resto del volumen.

Lien Yue lo desdobló con cuidado mientras los ojos de Xiao Fo competían para abrirse más que sus oídos. – ¿Qué es?- preguntó nervioso – ¿Es del Shifu? ¿es del Abad? ¿a quién está dirigida?-. Lien Yue surcaba con su mirada los caracteres que poblaban el documento, como un ciervo saltando alegre por los matorrales. Una mezcla de nostalgia y respeto competía con la curiosidad pícara de su mente.

– Es una carta que nunca llegó a enviar, o parte de un diario incompleto, no sabría decirte- sostuvo Lien Yue.

– Pero cuéntame algo- le recriminó Xiao Fo – lee por donde vayas, que yo también quiero enterarme-.

– Vale, pero hay que darse prisa porque si nos pillan leyendo esto nos puede caer una buena. Las primeras palabras están un poco emborronadas, pero más adelante puede leerse claramente-.

“El país del centro es una tierra de contrastes ocultos. Mientras al otro lado del mundo las gentes tratan de lucir y brillar por fuera, aquí no se molestan en ocultar lo cotidiano ni la mugre. Si uno rasca la superficie estando al otro lado de los océanos, es fácil que arranque todo el lustre barato con el que todo se cubre. Pero aquí no es así, aquí ves lo que hay, y si uno es capaz de soltar los viejos harapos que portamos, se aprende a frotar en lugar de a rascar. Y no se rasca el barniz del vecino, sino que uno se frota sus propios ojos para poder ver desde dentro, hasta que comienzas a reconocer el verdadero valor de todo cuanto te rodea.

Las tierras del dragón te sacuden el cuerpo y la mente, te lleva más allá de tus límites conocidos y desconocidos, te redescubre el potencial humano olvidado. Se dice que entre todas éstas montañas, uno llega a conocer la luz y la oscuridad que hay en nuestro universo interior. Y así es… pero nunca como creías que sería. El dragón es impredecible, no atiende a expectativas, ni fantasías ni esperanzas. El dragón es justo y causativo, y atiende a su propio ritmo. Si el tigre ha de bajar al valle y escalar la montaña el dragón se encarga de que así sea, pero el cómo y el cuándo sólo son accesibles para los que se rinden ante el pacto del ahora con el universo.

Cuando las mentes tocan fondo, los cuerpos se resienten, y el abismo de la supervivencia se bifurca entre la distracción o la conciencia, entre el parche o el aprendizaje, pero el salto ha de darse. Y de entre ellos habrá unos pocos cuyas conciencias se harán más presentes día tras día. Contemplando cómo los pensamientos se retuercen, danzando en los viejos teatros que ahora se tornan obsoletos, pues un nuevo emperador ha tomado el mando. Y todos los actores se esfuerzan al máximo en su oratoria para mantener eclipsado al miedo.

Doña Ira con sus afrentas. Fútiles dramas inventados llenos de discusiones ficticias. El tiempo y las circunstancias serpentean y se escurren por entre los dedos sin el garfio de la atención, hasta que todo posible futuro se rinde junto al pasado a los pies del eterno presente.

Don Deseo se impone entonces con sus múltiples fantasías manidas, que deambulan en ropa interior como un trapecista novato a punto de caerse. Todo el poder que antaño tuvieran desaparece como una niebla frente el temor y la incertidumbre estivales.

El Ego y todo su reparto de artistas no es sino una comparsa de zombis. Tan sólo es un gran maestro de ceremonias mortecino que nos vende el espectáculo de la ignorancia y que nosotros compramos pagando con atención y energía. No existe, es una polilla hueca y seca que nos empeñamos en convertir en la reina de la colmena a costa de nuestra propia miel. Pero quien se queda esperando hasta el final de los créditos se da cuenta de que, incluso el gran miedo que se imponía como el traidor a la propia oscuridad, no es sino su raíz más profunda.

[Cuerpo es cuerpo, el pensamiento es el enemigo, el espíritu eterno]

Esas fueron las palabras con las que el templo encendió mi chispa para que la magia tuviera lugar.  Todo aquello que amamos cruza entonces nuestro ser; pero en este caso no es usado por la mente que tira sino por el néctar que brota, y desde ése núcleo la luz del amor emana en todas direcciones. Una energía que aunque conocida es infravalorada, pues es la única que tiene la capacidad de disipar cualquier mal y desintegrar toda máscara. Ese es el gran regalo: presenciar que con esa fuente cesa la proyección de la niebla oscura, y se permite la comunión con todo aquello que nos rodea y permea.

Es así como llegado el día uno se encuentra con que allá donde yaciste con gran dolor, ahora se te permite aprender a sanar, y así el ciclo se cierra en perfecto equilibrio y unión. Por tanto:

Cuerpo es cuerpo, el pensamiento es el enemigo, el espíritu eterno.”

Los dos pequeños muchachos relajaron sus hombros y respetaron un minuto de silencio ante las palabras de su maestro. Tras esto, Lien Yue dobló de nuevo la carta y la lanzó al fuego. Agarró el viejo libro y comenzó a arrancar más hojas para continuar con su cometido, pero Xiao Fo se abalanzó sobre las brasas y tomó parte de los restos aún no calcinados.

– ¡Pero qué haces mendrugo! – le gritó Lien Yue sobresaltado.

– Sé que Shifu nos dijo que aprender a soltar es aprender a vivir- dijo Xiao Fo salvando un pequeño dibujo del maestro- pero hay velas que merecen ser salvadas si son capaces de encender muchas otras.

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Triada de relatos cortos KENTO BRISA DE FUEGO

PARTE I – LA ÚLTIMA ENSEÑANZA

PARTE II – EL PROPÓSITO

PARTE III – EN TIERRA DE DRAGONES.

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Kento Brisa de fuego – PARTE II – el propósito

Triada de relatos cortos KENTO BRISA DE FUEGO

PARTE I – LA ÚLTIMA ENSEÑANZA

PARTE II – EL PROPÓSITO

PARTE III – EN TIERRA DE DRAGONES.

2

Las palomas azotaban el frío con sus plumas mientras el vapor del té daba los buenos días al veterano guerrero. El amargo trago de las hojas secas despertaba cada mañana sus sentidos, pues el corazón ya se había encendido con la práctica del qi gong. Los jóvenes aprendices se desperezaban y corrían a formar filas tras la arboleda, junto a los instructores. Otro día más en las montañas lejanas del dragón, todo se mueve y nada cambia. Donde las estaciones pasan y nada cambia. Donde las penas juegan con las glorias y nada cambia. Sólo el cambio y la esencia permanecen. Junto a ellos, a nuestro guerrero le acompañan el amor por su maestro y la cita mensual con su recuerdo. Dos compañeros de vida que hasta el último ocaso no pasarán a otro tiempo.

Como cada principio de mes desde hace 12 años, repite de buena gana el camino una vez marcado por su maestro, cruzando su hogar en las montañas a través del río, de los prados floreados y de los riscos cortantes. A veces el sol, otras la nieve y, en ocasiones, las flores del tributo le saludan en su travesía hacia la cueva del Shifu. Cada mes, el guerrero logra llegar al refugio oscuro y pacífico que heredó hace ya mucho tiempo y, allí, un retiro de 12 horas seguidas para meditar sobre la existencia misma y el invierno.

Aquella mañana fue distinto. En realidad siempre que se sentaba era lo mismo y distinto a la vez. Pero en esta ocasión, la sorpresa embriagó su corazón, pues comenzó a sentir a su maestro frente a él. Su olor, su calor, su energía y, sin embargo, no se atrevía a abrir los ojos pues sabía que no le vería en aquella cueva, que su presencia sólo era tangible en el rincón secreto de su corazón, el pequeño altar de su Ser.

-Cuán grande es mi alegría al tenerte aquí conmigo, Shifu, pues siempre he sabido que no me habías abandonado, pero hasta hoy nunca obtuve prueba de ello. ¿Qué te ha hecho venir a mí de esta manera?

-Hola Kento, me alegra comprobar que no has desistido en tu entrenamiento y que tu corazón está más fuerte aun que tus piernas.

-Sí, Shifu, procuro practicar todo lo que me regalaste durante los años que pasamos juntos -dijo alegremente el discípulo.- Temo preguntarte esto, pero es algo que punza mis entrañas desde que te fuiste. No he vuelto a saber de ti, tus hermanos no nos hablan, simplemente nos dicen que tenías cuestiones que resolver en otros templos. Y eso han mantenido hasta el día de hoy… Maestro…, ¿está usted aún entre nosotros?, ¿podremos volver a verle?

El maestro sonrió y respondió con suavidad:

-Pequeño…, ¿acaso no estás ahora conmigo? ¿Acaso no puedes sentir mi Ser y escuchar mi mensaje? ¿Qué importa dónde y cómo estoy, si siempre soy contigo? Tu corazón sabe esto ahora, suelta pues el miedo que tu mente propina.
El silencio se hizo presente y Kento soltó el lastre del tiempo.

-Ahora que has comprendido el no-tiempo estás preparado para recordar por qué viniste. Recuerda pequeño, recuerda tu llegada, tu misión. Recuérdate…
El silencio apareció de nuevo, y la respiración del guerrero se apartó como las nubes al entrar la primavera. El cáliz de loto inspiró la paz del presente y comenzó a florecer a la vida del universo. Con cada pétalo que se movía, una raíz se desataba y una tensión se aflojaba. Y así, Kento fue y no fue en el no-tiempo.

-Expira tu preocupación -habló el maestro,- ya caminaste la senda, ya cruzaste la corriente, recuerda que ya llegaste a tu destino. No viniste como Kento para volver a recorrerlo, viniste por amor a tus hermanos. Para llevarles de la mano, para empujarles a descubrir su propia vereda, a que respiren su propio sol, a despejar su tormenta de ilusiones.

-Pero, maestro -dijo Kento,- ¿de qué sirve entonces toda mi práctica? ¿Ha sido toda en vano, tengo pues que abandonarla? ¿No será esto una argucia de mi sombra, su último cartucho en mi batalla?

-Temeroso te siento y no tienes porqué. Como un funambulista caminas dudando de ti y de mí, pues en este horizonte al que acabas de entrar es difícil mantener el día y la noche a la vez y no perderse en la penumbra. Si abandonases ahora tu práctica, ¿cómo podrías ayudar a los que nos necesitan? Recuerda tu primera arma, tu palo, el abuelo de tu enseñanza. Con él has practicado miles de horas incluso bajo los torrentes del monzón. Dime entonces ¿qué aprendiste de su cuidado?

-Aprendí a vivir con él como parte de mi Ser, como una extremidad más de mi cuerpo -dijo el discípulo.- Aprendí que cuando uno practica día tras día, el barro se adhiere a la superficie y su peso lastra el fluir del chi por el arma. Así que después de cada día, limpio lo sucio para poder seguir enseñando correctamente.

-Exacto, pequeño, pero aun así, tras haber limpiado tu corazón de barro, siempre hay algo más que hacer en la superficie -añadió el maestro.

-Sí Shifu… Hay que cultivar la paciencia…, abrazarla lo suficiente como para que la humedad del palo se evapore, dejándolo listo para su uso. De otra manera, los movimientos son cortantes, las manos no resbalan y todo se vuelve mecánico.

-Bravo, Kento, por eso aprendemos a yacer en calma, hasta que las nubes de la mente se disipen y el cielo vuelva a fluir suave y ligero. Sólo entonces el palo se convierte de nuevo en un arma a nuestro favor y no en nuestra contra. Sin todos estos principios, uno no puede acompañar a los que caminan de manera correcta.

-Sí, Shifu -dijo el discípulo confiado.
Maestro y discípulo compartieron entonces el candor de sus esencias más allá de las palabras y las formas. Unidos en la verdad, ambos se despidieron con la certeza de que nunca volverían a encontrarse y que siempre estarían el uno junto al otro. Porque soltar al maestro es unirse a su esencia. Porque es tiempo de que el dragón recorra la Tierra. Y es ahí donde nace el propósito del guerrero que espera: el de iluminar el camino de aquellos que aún andan a tientas.

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PARTE I – LA ÚLTIMA ENSEÑANZA

PARTE II – EL PROPÓSITO

PARTE III – EN TIERRA DE DRAGONES.

El Mundo Moderno

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A la mayoría de nosotros nos encantan nuestros smartphones. Yo uso el mío para mantenerme en contacto con mi familia de China. Pero el constante estado multitarea de los sms, mails, whatsapp, y demás redes sociales sobre estimulan nuestro cerebro e incrementan la producción de cortisol (hormona asociada al estrés).
¿Quiere decir esto que tenemos que deshacernos de nuestros teléfonos? En el Templo Shaolin seguimos el camino medio, usamos técnicas Zen para mantenernos calmados y enfocados mientras formamos parte del mundo moderno. Aquí tenéis siete consejos shaolin que os ayudarán a permanecer en calma en un mundo loco:

1. Tómate pequeñas vacaciones de forma regular: pon el móvil en modo avión o apágalo por completo un par de horas antes de irte a la cama. Lo mismo puede aplicarse para los momentos de entrenamiento, meditación y comidas (desayuno, comida y cena). Estas pequeñas vacaciones de smartphone te ayudarán a restaurar tu paz interior.

2. Bebe una taza de té. En lugar de beberte los planes, pensamientos y preocupaciones, tómate una taza de té. Lo encontrarás mucho más refrescante. Concentrándote completamente en esta única acción te ayudará a volver a ti mismo. Estar presente en el aquí y el ahora es un buen método para disipar el estrés y la ansiedad.

3. Entrenamiento estilo Zen. Todo el mundo necesita entrenar. No es solamente porque nos haga sentir mejor sino porque es bueno para nuestro cerebro. Si no eres un artista marcial, entonces encuentra algún tipo de entrenamiento que te guste y haz de él tu propia meditación. ¿Cómo puedes convertir tu entrenamiento en una meditación? Simplemente concéntrate en tu respiración y movimientos al mismo tiempo, y olvídate del resto. Investigaciones recientes han demostrado que la meditación lleva a un estado más enfocado, calmado y feliz. ¿Quién podría no quererlo?

4. Hazlo todo como si fuera tu última acción. En las artes marciales sólo existe el presente. Vive ahora. Cuidar de tu presente es cuidar de tu futuro. Entrégate por completo a todo lo que hagas. No dejes nada en tus reservas, pues sólo entonces podrás recibir energía nueva.

5. Equilibrio Yin-Yang. Tener salud y estar en buena forma son como las dos alas de un pájaro, necesitas ambas, el kung fu (ejercicios anaeróbicos/aeróbicos) y el Chi kung (o cualquier práctica interior como el yoga). El ejercicio puede prevenir el desarrollo de muchas enfermedades pero también necesitamos de una práctica consciente vigorizante que nos asiente y nos provea de paz interior. Yo uso mi Chi para defenderme de patadas y ladrillos, tú puedes usar tu chi para defenderte del envejecimiento y la enfermedad.

6. Haz sonar la alarma del ahora. Thich Nhat Hanh, gran maestro budista Zen nos aconseja que cada vez que escuchemos una señal, ya sea el sonido de un móvil, o la campana de una iglesia, nos detengamos y respiremos tres veces. Inténtalo y localiza tu impaciencia.

7. Unos pequeños recordatorios. Un cerebro tranquilo es un cerebro feliz. Practica poco a poco aquello que alimente tu día: una taza de té, 10 minutos de descanso multimedia, entregarse al máximo en el entrenamiento, 5 minutos de chi kung. Estos pequeños momentos te reconectarán y te llevarán al estado de salud y felicidad que tienes por derecho de nacimiento.

Shifu Yan Lei (https://shifuyanlei.files.wordpress.com)

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Kento Brisa de Fuego – PARTE I – la última enseñanza

Triada de relatos cortos KENTO BRISA DE FUEGO

PARTE I – LA ÚLTIMA ENSEÑANZA

PARTE II – EL PROPÓSITO

PARTE III – EN TIERRA DE DRAGONES.

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Era una cálida mañana y el discípulo estaba debidamente formado frente a la montaña, como cada día desde que tiene memoria. El sol aún no había asomado y su corazón permanecía en calma tras disfrutar de un reparador sueño. Los dolores habituales permanecían en sus piernas y su cadera. “Otro día más caminando juntos”, pensó el joven aprendiz, dirigiendo su mirada hacia las estancias personales del Shifu.

Los pájaros despertaban a los árboles con sus trinos matutinos, mientras la duda comenzaba a surgir en aquella mente entrenada. “¿Dónde está el Shifu? Me prometió que hoy me daría su última lección antes de partir”. Tras los últimos acontecimientos, el Shifu debía trasladarse a otro templo, a muchas provincias de distancia, por lo que sus discípulos contarían con su ausencia durante varios meses. La edad avanzada del maestro no hacía más que acrecentar el temor del curtido instructor. Muchas personas habían sido importantes en su vida, pero aquel viejo hombre había logrado llegar a conocerle tanto, que podía saber lo que sentía con tan sólo mirarle por el rabillo del ojo. Al fin y al cabo era su Shifu… Y eso hacen los Shifus: enseñar a vivir…

“Igual que las flores marchitan a su tiempo, llegado el momento yo partiré, y tú serás el fruto del árbol de mi enseñanza. No temas mi partida, pues es sólo parte de la magia; ambos perduraremos más allá de las primaveras, siempre que te hayas nutrido con la esencia que se esconde detrás de las formas”.

Las palabras del Shifu resonaban en su cabeza apaciguando su miedo a perder la guía, la luz y la inspiración de la que hasta ahora había sido testigo. En ese preciso momento, uno de sus hermanitos pequeños salió corriendo por la puerta del Shifu. Con la mirada dormida y algo alterado se detuvo ante él y saludándole le dijo:

-¡Jiao Lian Hao! Perdona, me he quedado dormido –dijo avergonzado. – Shifu me dijo que te diera esto. Te está esperando al final del camino para darte su última enseñanza. Date prisa. Amitabha.

Era un pequeño trozo de tela de su túnica desgastada, escrita con su caligrafía inimitable, firme pero fluida: “Asciende hasta la cumbre como todas las mañanas, pero esta vez hazlo a través de la corriente del río. Si logras llegar a la cueva tras la cascada, te habrás ganado mi última enseñanza”.

El sol se alzaba ya en el horizonte y el guerrero comenzaba su camino lleno de ilusión. Ascendió por la desembocadura del lago, atravesando los sinuosos y juguetones meandros del bosque. Continuó con brío y determinación, haciendo frente al desgaste de los rápidos y los saltos. Las rocas golpeaban sus rodillas con cada caída. Golpe y voluntad. Sorpresa y desafío. Su cuerpo curtido se ponía a prueba mientras el río trataba de desalentarle.

“Asienta tu postura, usa la fuerza de tu caderas”, susurraban aquellas palabras mientras sus pies se hundían en el lodo angosto. Desesperación y desánimo. Quizás no fuera suficiente, quizás no mereciese aquella enseñanza, quizás fuera demasiado pronto para él y muy tarde para su Shifu… Pero recordó cuántos obstáculos le había visto superar, con confianza y perseverancia. Si la mente es un obstáculo, también hay que conquistarlo.

Tras varias horas zafándose del lodo de sus pies y de su estómago, las aguas limpias y puras de los picos le daban la bienvenida. Campos escondidos tras los riscos, repletos de valientes flores silvestres, colonizando las altas cumbres como faros de la inquebrantable sed de vivir de la madre Tierra. “Llevaré estas flores al Shifu como prueba de haber realizado el camino indicado”, se dijo llenando los bolsillos y las eslapas de pétalos y pistilos morados. Conseguirlas era toda una proeza, pues había de escalar las paredes húmedas del nacimiento del río. Conforme avanzaba, se hacía más y más difícil llevar su regalo al Shifu, porque con cada flor que robaba, más se rasgaba su túnica y más flores se precipitaban al vacío. Cada agarre era más dentado y peligroso.

Al sentir que no tenía sentido acumular aquellas plantas se detuvo unos minutos. Cerró los ojos y concentró toda su atención en los músculos de todo su cuerpo. Respiró hondo y reanudó su tarea: cada movimiento era preciso, perfecto, enfocado y enérgico. Ascendía grácilmente, como una salamandra que trepa por su casa. Continuó así, dejando atrás los regalos y las pretensiones, valorando el propio camino y su respeto al recorrerlo.

Por fin su palma derecha tocó en llano. Alcanzó la cumbre de la cascada en la que tantas tardes había charlado con Shifu sobre el amor, el kung fu, la mente y la muerte. Allí estaba, hecho jirones y exhausto. Nada quedaba de su rango ni de sus ropajes de discípulo. Ni barro en los pies pues iba descalzo, ni flores en las manos pues la vida le habían salvado. Se acercó a la cascada comprobando la fuerza con la que caía el agua. Recordó la última vez que transitó por el camino del paso. La anchura del caudal era muy superior a lo que él pudiera aguantar sin respirar. Quizás su Shifu le había sobrestimado. ¿Era capaz de hacerlo? ¿Era el último acto de un loco maestro del que tanto había soportado? “¿Por qué?, ¿por qué?”, se dijo de rodillas ante aquel muro de agua.

“El no puedo no existe, demuestra que tu mente está por encima de la materia” escuchó bajo el fragor de la cascada, “controla tu cuerpo, aplaca tu mente y tal vez algún día reconozcas tu espíritu”.

Con el cuerpo helado y la mente agotada, el joven Jiao Lian hinchó al máximo sus pulmones y, colocando sus manos bajo el ombligo, comenzó a caminar. El agua le golpeaba la cabeza poniendo a prueba su cuerpo. El frío doblegaba todo pensamiento que surgía y el miedo dejó paso al enfoque puro de su mente, para seguir caminando hacia el último encuentro con su Shifu.

Sin ser capaz de asimilar lo ocurrido, la temperatura cambió de golpe. Sintió su cuerpo ligero, libre ya de la presión del agua. Sus ojos permanecieron cerrados y anduvo unos metros más alejándose del ruido, adentrándose en la oscuridad de la inmensa bóveda de piedra. Detuvo su paso. Respiró profundamente y abrió sus ojos buscando emocionado los de su maestro. Pero lo que su corazón vio le hizo desaparecer en el tiempo: “una pequeña vela iluminando la paz del vacío”.

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PARTE I – LA ÚLTIMA ENSEÑANZA

PARTE II – EL PROPÓSITO

PARTE III – EN TIERRA DE DRAGONES.